Cuarenta tres soles indicaba la cuenta que el mozo le pasó con cierto aire inquisidor. Probablemente, sospechaba de su recorrido turbulento por los demás restaurantes. Las arterias de sus ojos no osarían tolerar un "pero". Humberto tuvo que explicarle que había olvidado su billetera en su departamento y que él podría dejar empeñado algún objeto de valor. El mozo, sin dubitar, llamó a su compañero y lo tomaron por los brazos para llevarlo a la cocina. Una vez dentro, una decena de empleados se tropezaban, se apuraban, se desplazaban al ritmo de las cucarachas que también hacía su trabajo del día. Humberto al saber de antemano qué le esperaba, salió a toda marcha hacia las calles. Corría como una vicuña macho. Un grupo de mozos lo correteaba con ciertos utensilios en la mano. La superficie de un cuchillo para carnes resplandecía ante los rayos del sol. Humberto, dobló a la derecha, dobló a la izquierda, cruzó diagonalmente el parque y por fín pudo alcanzar a meterse en una bodega. Dicen que algunas coincidencias son crueles. El dueño de la bodega era el hermano del dueño del restaurant al que Humberto había hecho la misma jugada. Un diario que estaba por ahí, "El Trome", lo caracterizaba como "el pendejo de los restaurantes". César, el bodeguero, comparó ambos rostros y decidió retenerlo con una gaseosa Inka Kola. El vejete sacó un cuchillo Record y decidió hacerlo. Le incrustó el utensilio en la espalda. Cada centímetro que avanzaba era un in crescendo para el deleite de César. Son pocos, muy pocos los que vieron lamer el cuchillo al bodeguero mientras sonreía para sí.
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