martes, 24 de febrero de 2015

Metropolitano

No es la prosa que prometí en el post anterior mas será un ocurrente aperitivo para los que gusten de las lecturas existencialistas. ¡Pasen adelante!, siéntanse cómodos:

Fuente: LAMULA.PE



ADVERTENCIA: Pueden presentarse errores ortográficos que pasaron desapercibidos por ignorancia.

-Amigo, ¿tienes hora? -se dirigió hacia mi un parroquiano.
-...si, ...son las ocho. -le respondí violentamente.
No quise continuar la conversación porque mi sensación de absurdo emanaba de mí como un gas mostaza. Y cuando me daba cuenta del gas mostaza no me sentía ya en mi posición en el tiempo/espacio. Cubría por doquier la estación del Metropolitano. Los rostros perdían su existencia junto con la mía, sin embargo, me sentía unido a ellos en cuanto que eramos una nada. Éramos una gran masa.

Esto suele pasarme cuando la noche cae como una alfombra sin pedirme permiso. Aquellas noches se ofrecen para recoger mis recuerdos de manera violenta. ¿Qué puedo hacer contra ella? Mis pasos aceleran mi caminata pero no puedo huir de ella. Oh, volviendo al asunto anterior (si, mejor narraré por donde empecé) aunque sienta algo de escalofríos por la espalda. Recuerdo que...recordar es un verbo que me incita a filosofar en balde pues sé de antemano que no conseguiré algo significativo recostado en la oscuridad de mi cuarto. Bueno, demonios, recuerdo que la línea "B" demoraba en llegar. Observé que una copiosa muchedumbre respiraba rítmicamente al unísono. Aparecía como un todo con vida propia. La sustitución progresiva del oxígeno por el dióxido de carbono sucedía de modo discontinuo tal como mi existencia en medio del gentío. Quizá creas que soy un misántropo, un freakie o un lector acérrimo de Camus. Me tiene sin cuidado. Sé que mis acotaciones interrumpen tu lectura pero no lo puedo evitar. Créeme. Ya, sentía que se me denegaba el derecho a respirar. Sólo yo sé cómo mi instinto animal iba a erupcionar. Ya me imagino saliendo en el noticiero de algún canal de pacotilla por la mañana: "Varias personas son asesinadas de un hachazo por un joven en la Estación Angamos del Metropolitano". 

Cuando estuve a punto de desenfundar el hacha de mi mochila, el bus llegó como un arcángel salvador. Me asusté de la impredecibilidad del momento. Subí torpemente al bus, intenté acomodarme mientras el arcángel prosiguió a toda velocidad. Mi visión se apagó o se desconectó como es habitual. Por momentos llegaba a perder el significado de las cosas que me rodeaban como si yo fuese un recién nacido. Sentía que veía todo por primera vez y que mi yo se diluía agitadamente. Cuando tomé conciencia, escuché palabras vulgares y sórdidas en la parte trasera del bus. Una familia o una pandilla de personas hablaban sobre una épica borrachera en la hato de un tal Quispe. Reconocí a una niña perfectamente acoplada a la situación. Presentaba la grosera idiosincracia de sus familiares pero sus ojos tristes clamaban ayuda aunque no buscaban a alguien en particular. Mi mente se iba a desconectar nuevamente a no ser por el cachetadón que le propinó el hombre del clan a la niña en cuestión. Me quedé mirándola pero la moral no se me asomaba. ¿Cómo podía explicarse ello? Era como escuchar lo que intenta comunicar un mercanchifle. Lo que me impresionó fue el ruido compacto mas no el acto violento per se. Los segundos siguientes ahogaban el momento.

Volvía a desconectarme hasta que el "permiso" de una elegante mujer, que entraba al tórrido bus, me volvió en sí. No, no era despampanante pero tenía un buen gusto al vestir. Un pantalón negro como el velo de la muerte, un calzado sensual pero discreto, una fina blusa celeste que cubría sus pechos y una linda cartera. Me quedé viéndola plácidamente hasta que, repentinamente, la vi fragmentarse ante mí. Llegué a observar su piel, sus comisuras, sus tejidos, sus células, sus organelas. ¡Pero qué diablos! Sudaba, si, recordé sudar, mientras veía cómo las mitocondrias de sus células respiraban, cómo los ribosomas sintetizaban las proteínas, cómo su ADN se replicaba entre otras cosas más. Los electrones se transferían entre los aminoácidos anfóteros que constituían sus cabellos. ¡Madre mía! todo era como una sórdido cortometraje de David Lynch. No quiero ni mencionar como el ácido clorhídrico degradaba las proteínas en su jugo gástrico. Oh, me había dado una jaqueca insoportable. Volví a abrir los ojos y noté que ella me miraba impávida. Ni bien llegamos a la estación Caquetá, ella no dudó un momento en bajarse. La pequeña burguesa había huido. No pude contemplar su perfil.

No puedo explicar como mi vida se da por episodios y de manera discontinua. A veces veo demasiado detallado y pierdo la esencia. A veces veo demasiado panorámico y pierdo la existencia. Las bocinas de los vehículos manifestaban su descontento allá abajo mientras yo reposaba en mi alcoba leyendo Fenomenología del espíritu de Hegel y escuchando al Titan de Gustav Mahler. Oh no, no otra vez, aquí viene de nuevo, me estoy desconectando...



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