lunes, 13 de abril de 2015

Recordarla no es productivo

Miles de veces se puede recordar cómo te miraba con aquellos ojos lúcidos de júbilo mientras la deleitabas con tus chistes mundanos. Cada una de ésas veces nunca tuviste reparo en lo que se escribía en los periódicos ni lo que sucedía en los sectores marginales de una Lima heterogénena y aplastante (si te contara por lo que pasó mi hermano mayor). La dosis del día: asesinaban a una madre de familia junto a sus tres hijos, un corrupto interceptaba la llamada de la primera dama, la primer ministro solicitaba un voto de confianza ante el congreso (!), habían abaleado a un humilde empresario de calzados, un deportista había ganado la medalla de oro en Europa, el cabeceo del MEF con su cantaleta del crecimiento económico entre otras comidilla de amarillistas. Ella o, por lo menos, su imagen digital en los archivos JPG de tu laptop invadían tu sensibilidad social. Recuerda que Ciro te pregunto que cómo se podía concebir desplazar el amor a la humanidad hacia una sola persona. Es decir, a ésa linda muchacha. Valgan verdades, aquella chica que te tenía dominado era tan dulce que nuestros instintos básicos entraban en dormancia. Verla era dejar de pensar mediante palabras. No había nada más que decir. Era la tan ansiada felicidad. Pensar en palabras es seguir inconforme con nuestras rutinas. Recordamos aquella vez en que ella se despidió de ti mientras asaltaban a un joven y ni te percataste que eras tú mismo. Por haberte ayudado, casi nos atropellan en plena batida. Es cierto, su sonrisa podía frenar el tiempo en que las pobres familias de los asentamientos humanos se envilecen por no tener hacia dónde escapar de la realidad. Todo huele a realidad en ésos lugares. Lo corroboré cuando elaboraba mi tesis sobre parámetros sociométricos en los asentamientos humanos del Cono Norte. En fin, su caminar al retirarse con aquella altivez de aristócrata pero sin el atavío de las marquesas francesas del siglo XVIII, nos enamoraba o al menos nos agradaba. Y tú eras el más sufrido por ello. Sabemos que los tiempos ya no volverán, no tiene caso ni racionalizarlo. Lo que no volverá, no se piensa, se vive hasta que poco a poco se extinga. Quizá nunca más la volveremos a ver pero no creo que sea el fin del mundo. ¡Ella ya murió! Los periódicos y su fango sensacionalista nos permite tomar partido por nuestra comunidad. Sabemos que hay mucho por hacer y otorgar a este país mientras vivamos. No dejes que la tristeza gratuita y burguesa te devore el futuro. El amor absoluto hacia ella déjalo desembocar hacia el mar de la humanidad. Tú pensabas que eras superior a ellos porque sabías más. Te sentabas al lado de la ventana de tu undécimo piso para observar a las personas vivir sus vidas como si fueran nematelmintos asquerosos. Te alucinabas un boato de la élite del conocimiento. Sin embargo, tu dormitar y tus amaneceres en tu cuarto denotan tu derrota. Quizá ella pudo haber sido la única que te entendió pero no es justificación para que rechaces la beca a Bélgica que te ganaste. Sé que es difícil asimilarlo. Tú dirás: ¡Si estuvieras en mi piel! Oye, mírame, hay personas aplastadas por la urbanidad que buscan con anhelo algo por masticar dentro de los tachos de basura. Son los únicos lugares honestos. Y hay locos en las calles. ¿Sabes por qué? Porque no soportan el flagelo de su realidad. No hay escape. No hay esperanza. ¿Qué queda? Volverse locos. Si, locos, para poder soñar con algo mejor, para soñar que no se necesita ni de agua ni de comida ni de amor. Una vez insultaste a uno de ellos mientras te mofabas que eras feliz con ella. ¡Ahora mírate zonzo! ¡No eres más que un parásito de tus padres! Sal hacia afuera. Yo sé que la vida es una mierda y que nos importa un pedo lo que los psicólogos de alcantarilla te puedan decir. Pero mira, no obstante, en la mierda de la vida radica su grandeza. Aún tenemos que hacer en el tiempo que se nos ha concedido para vivirla. El amor que sentías por ella está solo en tu mente. Las estrellas pueden ser testigos de que nada es eterno. Las más bellas ejemplares de la constelación de Orión van a extinguirse. Algún día vas a morir tú también. ¿No quisieras dejar algo en este país por lo menos? Cada segundo es un látigo de la muerte lamentablemente. ¡Pero, date cuenta! Si avanzas al ritmo de los segundo el látigo será menos doloroso o quizá no lo sientas. Toma ésa hacha de una vez y deja de vagabundear por el Metropolitano. Asesina a aquel violador de niños que sabes bien en dónde radica y al cual juraste suprimir. Oye, huevón, recuerda esto:

En este mundo donde el silencio de Dios quiebra, el hombre tiene el deber de tomar la palabra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario