Me imagino en el Reino Unido en el que podré contar los muertos que han alimentado al Támesis.
Me imagino en Chanchamayo rozando mi piel con la de seiscientos sesenta y seis jovencitas vernaculares.
Me imagino estudiando filosofía en mi oficina para lanzar una bomba atómica de palabras mediante mi único ensayo sobre la no-realidad.
Me imagino en un planeta superpoblado por personas como Mersault, Roquentin, Castel, Linacero y otros helmintos más en un día de sol intenso.
Me imagino ofreciendo un discurso interminable en el que cada palabra marginal a entonarse invite a cada asistente a la tumba.
Me imagino viendo una revolución a los cimientos del capitalismo por parte de las vendedoras de comida al paso.
Me imagino una Biblioteca de Babel en el medio de un prostíbulo como redención de la vida.
Me imagino con una atmósfera de Van Gogh adaptada al paisaje de los fundos ganaderos de vacas lecheras.
(...continuará)
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